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TRITIUM AUTRIGONUM VE CON BUENOS OJOS LA INICIATIVA SOLIDARIA QUE HA SURGIDO ENTRE LOS VECINOS DEL PUEBLO.

Desde la Asociación Cultural se ha lanzado recientemente una iniciativa solidaria para con el pueblo ucraniano. Os adjuntamos a continuación el cartel divulgador de la misma.

AYUDEMOS A UCRANIA DESDE MONASTERIO DE RODILLA

TRITIUM AUTRIGONUM espera que quien representa a todos los vecinos de Monasterio de Rodilla, el poder institucional conformado por los ediles del Ayuntamiento, esté a la altura de las circunstancias esta vez y saque del cajón todas las iniciativas que ya le ha planteado la vecindad en «pro del bien común».

A continuación se adjunta un texto de Platón, escrito casi cuatrocientos años antes del nacimiento de Jesucristo que, aún hoy, puede servir de reflexión para comprender  las diferentes formas de entender la cultura del servicio público cuando se asume la responsabilidad de ejercer el poder, sea cual sea su escala de aplicación.

Aunque es un poco largo esperamos que te enganche y nos hagas llegar tus comentarios:

tritiumautrigonum@gmail.com

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“SÓCRATES.-  De estas dos cosas, cometer una injusticia y ser víctima de ella, siendo la primera para nosotros un gran mal y la segunda uno menor, ¿qué es, pues, preciso que el hombre se procure para estar en disposición de socorrerse a sí mismo y gozar de la noble ventaja de no cometer una injusticia y no ser víctima de ella? ¿Es el poder o la voluntad? He aquí lo que quiero decir. Pregunto si para no sufrir injusticias basta no querer ser víctima de ellas o si hay que hacerse bastante poderoso para ponerse a cubierto de ellas.

CALLICLES.-  Es evidente que no logrará librarse de ellas más que siendo poderoso.

SÓCRATES.-  En cuanto al segundo punto, que es cometer la injusticia, ¿será bastante no querer para no cometerla, de manera que en efecto no se cometa? o ¿será necesario conquistar cierto poder o un cierto arte y falto de aquél o si no se aprende o logra practicarlo cometerá la injusticia?… ¿Por qué no contestas a esto, Callicles? ¿Crees que cuando Polos y yo convinimos en que nadie comete la injusticia queriendo, sino que los que son malos y obran mal cometen la injusticia contra su voluntad nos hayamos visto obligados por buenas razones o no a hacer esta declaración?

CALLICLES.-  Te concedo también esto para que puedas terminar tu discurso.

SÓCRATES.-  Es necesario, pues, a lo que parece, procurarse también cierto poder o cierto arte para no cometer injusticias.

CALLICLES.-  Sin duda.

SÓCRATES.-  Pero para preservarse de toda o de casi toda la injusticia de otro, ¿qué medio hay? Fíjate a ver si en esto eres de mi opinión. Creo que es necesario poseer toda la autoridad en la ciudad, bien como soberano o tirano, o bien siendo amigo de los que gobiernan.

CALLICLES.-  ¿Ves, Sócrates, cómo estoy dispuesto a darte mi aprobación cuando dices bien? Esto me parece perfectamente bien dicho.

SÓCRATES.-  Examina si lo que añado es menos verdad. Me parece, como dijeron antiguos y sabios personajes, que lo semejante es amigo de lo que se le asemeja más. ¿Piensas igualmente?

CALLICLES.-  Sí.

SÓCRATES.-  Entonces, ¿dondequiera que se encuentre un tirano salvaje y sin educación, si hay en su ciudad algún ciudadano mucho mejor que él, le temerá y no podrá ser nunca su verdadero amigo?

CALLICLES.-  Es cierto.

SÓCRATES.-  El tirano a su vez no querrá tampoco a ningún ciudadano de un mérito inferior al suyo, porque le despreciará y no sentirá nunca por él el afecto que se profesa a un amigo.

CALLICLES.-  También es verdad.

SÓCRATES-  El único amigo que le quedará, por consiguiente, el solo a quien otorgará su confianza, será aquel que teniendo su mismo carácter, aprobando y censurando las mismas cosas, consentirá en obedecerle y en estar sometido a su voluntad. Este hombre disfrutará de gran influencia en el Estado, y nadie podrá perjudicarle impunemente. ¿No te parece?

CALLICLES.-  Sí.

SÓCRATES.-  Si alguno de los jóvenes de esta ciudad se dijese: ¿de qué manera podré alcanzar un gran poder que me ponga al abrigo de cualquier injusticia? El camino que hay que seguir para conseguirlo me parece que es el acostumbrarse desde bien temprano a tener los mismos gustos y las mismas aversiones que el tirano, y esforzarse en lograr parecérsele lo más posible. ¿No te parece?

CALLICLES.-  Sí.

SÓCRATES.-  Por este medio, se pondrá muy pronto, decimos, a cubierto de las injusticias y se hará poderoso entre sus conciudadanos.

CALLICLES.-  Puede asegurarse.

SÓCRATES.-  Pero ¿podrá precaverse igualmente contra la comisión de injusticias por su parte? ¿O necesitará mucho en el caso de que se parezca a un jefe, para tener un gran ascendiente sobre él? Yo creo que todos sus esfuerzos se dirigirán a colocarse en disposición de poder cometer las mayores injusticias y a no tener que temer poder ser castigado. ¿No opinas lo mismo?

CALLICLES.-  Indudablemente.

SÓCRATES.-  Por consiguiente, llevará consigo el mayor de los males, que será la desfiguración de su alma, originada por la semejanza con su jefe y por su poder.

CALLICLES.-  No sé cómo te las arreglas para dar vueltas a tu discurso poniéndolo de arriba abajo y viceversa. ¿Ignoras que este hombre que toma por modelo al tirano hará morir, si le parece, y despojará de sus bienes al que no quiera hacer como él?

SÓCRATES.-  Lo sé, mi querido Callicles; tendría que ser sordo para ignorarlo después de haberlo oído más de una vez de tus propios labios hace muy poco tiempo, lo mismo que de los de Polos y de los de casi todos los habitantes de esta ciudad. Pero escúchame a mi vez. Convengo en que podrá mandar matar a quien se le antoje, pero entonces será un malvado y el condenado a muerte un hombre de bien.

CALLICLES.-  ¿No es esto precisamente lo más irritante?

SÓCRATES.-  Para el hombre sensato, al menos, no, como lo prueba este discurso. ¿Crees acaso que el hombre no debe preocuparse más que de vivir el mayor tiempo posible y dedicarse al aprendizaje de las artes que puedan preservarnos de todos los mayores peligros, como el arte de la retórica, que hoy me aconsejabas estudie, porque constituye nuestra seguridad ante los tribunales?

CALLICLES.-  ¡Sí, por Júpiter!; cree que te doy un excelente consejo.

SÓCRATES.-  Y el arte de nadar, querido Callicles, ¿no te parece muy estimable?

CALLICLES.-  Si te he de ser franco, no.

SÓCRATES.-  Sin embargo, salva de la muerte a quienes se hallan en circunstancias en que es necesario este arte. Pero si te parece indigno de aprecio te citaré otro muy importante: el arte de dirigir las embarcaciones, que no solamente preserva a las almas, sino también a los cuerpos y los bienes contra los mayores peligros, como la retórica. Este arte es modesto y sin pompa, se mantiene retraído y procura pasar inadvertido, como si nunca hiciera nada de particular; mas aunque gracias a él logremos las mismas ventajas que nos proporciona el arte de la oratoria, no exige, creo, más que dos óbolos para traernos sanos y salvos desde Egina hasta aquí, y si es desde Egipto o desde el Ponto sólo dos dracmas por prestarnos un beneficio tan grande y conservarnos, como acabo de decir, nuestra persona y bienes, nuestros hijos y nuestras esposas al depositarnos sobre tierra firme en el puerto. El que posee este arte y que nos ha prestado tan señalado servicio, apenas desembarca se pasea modestamente por la orilla junto a su barco, porque sabe decirse a sí mismo, me imagino, que ignora quiénes son los viajeros a los que ha favorecido preservándolos de sumergirse, ni quiénes a los que ha perjudicado sabiendo que no han salido de su barco mejores de lo que entraron de cuerpo y alma. Razona, pues, de esta suerte: si alguno afecto de enfermedades graves, incurables, no se ha ahogado en las aguas del mar, es víctima de la desgracia de no haberse muerto y no me está obligado por nada. Si, pues, recibe en su alma sustancia mucho más preciosa que su cuerpo, una porción de males incurables, ¿es un beneficio vivir o se le presta un servicio a un hombre semejante salvándole del mar, de las garras de la justicia o de cualquier otro peligro? Al contrario, el piloto sabe que para un malvado la vida no significa una ventaja, porque por necesidad tiene que vivir desgraciado. Éste es el motivo de que el piloto no esté vanidoso de su arte, aunque le debamos nuestra salvación, ni tampoco el arquitecto militar, que en ciertos casos puede salvar tantas cosas, no digo como el piloto, sino como el caudillo de las tropas, que a veces conserva ciudades enteras. No lo compares, pues, con el abogado. Si no obstante quisiera hablar como tú, Callicles, y ponderar su arte, te agobiaría a fuerza de razones, probándote que debes hacerte arquitecto militar y exhortándote a creer que las demás artes nada significan al lado de la suya, y está seguro de que las palabras no le faltarían. Y tú no dejarías por esto de menospreciar menos su arte y a él; le dirías como una injuria que no es más que un arquitecto militar y que no querrías a su hija por nuera ni a su hijo por yerno. Mas tú, que tanto alabas tu arte, ¿con qué derecho podrás despreciar el suyo y los otros de que he hablado? Sé lo que me vas a contestar: que eres mejor que ellos y de mejor ascendencia. Pero si por mejor no debe entenderse lo que yo llamo mejor, y si toda la virtud consiste en poseer en seguridad su persona y bienes, tu desprecio al arquitecto militar, al médico y las otras artes cuyo fin es velar por nuestra conservación, es sencillamente, una ridiculez. Pero ten mucho cuidado, querido amigo, de que lo bello y lo bueno no sean algo más que el aseguramiento y la conservación propios y de los demás. En efecto, el que es verdaderamente un hombre, no debe desear vivir tanto tiempo como se supone ni demostrar demasiado apego a la vida, sino dejar a Dios el cuidado de todo esto, y prestando crédito a lo que dicen las mujeres, de que nadie ha logrado escapar a su destino, hay que ver después de qué manera tendrá que proceder para pasar lo mejor posible el tiempo que se ha de vivir. ¿Ha de ser esto acomodándose a las costumbres del gobierno al que se está subordinado? Es, pues, preciso que te esfuerces por parecerte al pueblo ateniense si quieres serle grato y tener un gran crédito en esta ciudad. Mira si te convendrá y también a mí. Pero sí hay que temer, querido amigo, que no nos ocurra, lo que se dice sucede a las mujeres de Tesalia cuando hacen descender la Luna, y no podamos adquirir tal poder en Atenas más que a costa, de lo que nos sea, más caro. Y si crees que alguno en el mundo te enseñará el secreto de volverte poderoso en esta ciudad sin tener el menor parecido con el Gobierno y que este parecido sea para ti un bien o más bien un mal, como pienso, te engañas, Callicles. Porque no te bastará ser un imitador; es preciso haber nacido con un carácter igual al suyo para contraer con ellos una amistad verdadera y también conseguir algo de la de tu mancebo, el hijo de Pirilampes. El que te dé un perfecto parecido con ellos hará de ti un político y un orador tal como ambicionas serlo. Los hombres, en efecto, se complacen escuchando los discursos que se refieren a sus caracteres y todo lo extraño a éstos los ofende; a menos, querido Callicles, que otro sea tu modo de pensar. ¿Tenemos algo que oponer a esto?

CALLICLES.-  No sé cómo es, Sócrates, pero me parece que tienes razón, y, sin embargo, me encuentro en el mismo caso de la mayoría de los que te escuchan: no me persuades.

SÓCRATES.-  Esto es debido a que el cariño a tu pueblo y el amor que sientes por el hijo de Pirilampes, arraigados en tu corazón, combaten mis razones. Pero si reflexionamos juntos y más a menudo acerca de estos asuntos, quizá te rindas a ellas. Recuerda que dijimos que hay dos maneras de cultivar el cuerpo y el alma: una que tiene por objetivo el placer y otra que se propone el bien y lejos de adular sus inclinaciones las combate. ¿No es esto en lo que convenimos se diferencian ambas?

CALLICLES.-  Sí.

SÓCRATES.-  La que sólo piensa en la voluptuosidad es innoble y nada más que pura adulación. ¿No es así?

CALLICLES.-  Sí, puesto que lo quieres.

SÓCRATES.-  La otra, en cambio, no piensa más que en perfeccionar el objeto de nuestros cuidados, sea el cuerpo o sea el alma.

CALLICLES.-  Sin duda.

SÓCRATES.-  ¿No es así como debemos emprender la cultura del Estado y de los ciudadanos, trabajando para hacerles tan buenos como sea posible?, puesto que sin esto, como antes dijimos, cualquier servicio que se les haga no les sería de ninguna utilidad, a menos que el alma de aquellos a quienes deban procurar grandes riquezas o un aumento de sus dominios o cualquier otro género de poder, no sea buena y honrada. ¿Admitimos esto como cierto?”

PLATÓN 387 A 347 a.C.